¿Como Amar?
Es una novela adaptada.
miércoles, 8 de mayo de 2013
Capitulo 39
Despertó con un pequeño pitido de su reloj como estaba programado. Temía despertar a Pedro, así que lo apagó de golpe. Él solo se removió un poco y dio un suspiro, para volver a su tranquila y armónica respiración. Ella respiró aliviada, no tenía otra forma de hacerlo, le quedaba ser cobarde solamente. Muy cobarde. Se vistió rápidamente, y sacó un sobre de su bolso, solo decía Pedro. Estaba tratando de aguantar y no llorar, o lanzarse a los protectores brazos de su novio y llorar, pedirle que la secuestrara, lejos de ahí, o cualquier cosa, menos dejarlo.
Dejó el sobre, y miró a Pedro. Estaba con la manta hasta la cintura, dejando su pecho descubierto. Su cabello todo despeinado y sus labios estaban entreabiertos. Respiraba tranquilo, totalmente ajeno a lo que pasaba a su alrededor, viviendo sus sueños, sin tener absoluta conciencia de lo que descubriría en un par de horas. Ella se inclinó y besó la frente de Pedro, cerrando los ojos. Luego besó sus labios, el se movió pero no despertó. Entonces salió sigilosamente. Cerró la puerta de la casa de Pedro, la miró y las lágrimas no tardaron en salir. Corrió al garaje de su casa, lo abrió con cuidado, esperando el taxi que pronto llegaría para llevarla al aeropuerto. Todo estaba listo. Sacó su maleta, mientras miraba Londres con pena e impotencia.
El taxi llegó rápidamente, puso el equipaje en el maletero, y subió.
-Al aeropuerto, por favor.
Pedro despertó perezosamente, e inmediatamente estiró el brazo para asegurarse que su novia seguía allí. Pero no estaba. Abrió los ojos y pestañeó fuertemente. Suspiró, quizás tenía cosas que hacer.
Fue a ducharse, miró la hora y encontró obvio que Paula no estaría durmiendo hasta las dos de la tarde. Le dolía la cabeza, maldita resaca. El agua tibia lo relajó, fue a vestirse y a buscar alguna píldora para el maldito dolor de cabeza.
-Hola mamá –dijo besándole la mejilla a su madre.– ¿viste a Paula?
-Al parecer se fue temprano, no la vi –dijo Ana despreocupada.– está el almuerzo, flojo. Así que podrás tener tu dosis de almuerzayuno. –ambos rieron. Robin llegó con una sonrisa, mientras se sentaba a la mesa.
-Tienes un rostro de resaca que hasta un niño pequeño se percataría de cuanto tomaste –rieron.
-Se me pasó la mano, bailando, ya sabes –musito Pedro.
-Bebiendo diría yo, no culpes al baile –dijo su madre con una gentil sonrisa. Pedro se rió sacudiéndose el cabello con la mano.
-Fue el ambiente –dijo Pedro. Robin y Ana rieron, negando con la cabeza. Pedro les dio una sonrisa divertida. Ana puso los platos en la mesa, y comenzaron a comer. Entonces, sonó el teléfono de Pedro. Se disculpó un momento, y contestó.– ¿Hola?
-Pedro –Hernán sonaba serio, y su tono era seco.
-¿Qué pasa Nan? –preguntó mientras se metía un poco de puré en la boca.
-¿Dónde estás? –preguntó ahora con la voz más relajada.
-En mi casa… –dijo Pedro frunciendo el ceño. Algo no andaba bien.
-¿Estás con Paula? –preguntó.
-No, estoy con mi madre y con Robin almorzando Hernán, Paula se fue temprano creo, no la vi irse –dijo Pedro relajado.
-Yo… estaré en tu casa en veinte minutos –Hernán cortó el teléfono. Pedro frunció el ceño extrañado, mientras masticaba la comida. Ana y Robin estaban charlando sobre algún tema que no logró captar desde el principio, así que le quedó dando vueltas por la mente la extraña llamada de Hernán.
Terminó de almorzar y se excusó, subió a su habitación. Quizás debería llamar a Paula, pensó, podría ser que ella supiese que sucede con Hernán. Marcó el número, pero nadie le contestó. Suspiró y dejó el celular sobre su velador. Entonces un sobre cayó al suelo. Frunció el ceño, y perezosamente se agachó a recogerlo. Tomó el sobre entre sus dedos y lo volteó, decía su nombre, y la letra le parecía familiar. Lo abrió, muerto de curiosidad, aunque por otro lado le palpitaba fuerte el corazón. Presentía que era algo malo, no sabía por qué.
Suspiró al ver más claramente la letra. Era de ella, de Paula.
Querido Pedro:
Cuando termines de leer esto, estarás odiándome, pero antes de que me odies, quiero explicarte un poco acerca de esto…
Lo siento tanto Pedro, siento que vayas a tener que pasar un mal rato por mi culpa, no fue jamás mi intención hacerte daño, pero no podía más… fue lo mejor que se me ocurrió, mi mejor alternativa. Te amo, no sabes cuanto te amo y solo quería tu bienestar y que fueses feliz, pero conmigo no lo lograrías, ni siquiera podía estar en paz conmigo misma, eso solo te traería problemas a largo plazo, y solo quiero verte feliz…
Cuando leas esto, probablemente esté muy lejos de Londres. Escapé, necesitaba escapar de mi tortura, necesitaba huir, espero que me entiendas… quizás al principio no lo harás, pero sé que algún día te darás cuenta el porqué de mi decisión. Sé que ninguna de mis explicaciones jamás será suficiente para compensar el daño, pero te mereces algo mejor. Mereces una chica buena para ti, que no tenga ningún complejo, no alguien como yo. Lo siento mucho, siento haberme metido en tu vida solo para arruinarla… lo siento demasiado.
Por otra parte, no creas que estoy bien. Estoy destruida, totalmente mal… quisiera volver, abrazarte, besarte, y decirte que te amo cuantas veces quiera, pero no puedo… ¡si tan solo las cosas volvieran atrás! Me duele dejarte, me rompe el alma, estoy enamorada de ti, eras el amor de mi vida, cada momento contigo era perfecto, tú lo hacías perfecto. Siempre te ame, consciente o inconscientemente estuve enamorada de ti, de esa sonrisa tuya, de tus ojos marrones, de tu cursilería y tus repentinos ataques de inmadurez, de tu forma de reírte, de tu forma de besarme, de tus labios… de ti Pedro, te amo, te amo y no me canso de decirlo. Odio mi vida ahora, y aún no he estado mucho tiempo sin ti. Pero… pero es que solo un día sin ti me desespera. Quería pasar mi vida contigo, y ahora saber que tendré que pasarla sin ti, eso me tortura… y es mi culpa, no fui lo suficientemente valiente, pero no pude… quisiera volver atrás, y hacerte el hombre más feliz, tal como tú me hacías la mujer más feliz de este mundo.
Perdóname Pedro, solo eso… perdóname por haber sido cobarde, y perdóname por haberte arrastrado conmigo en mi sufrimiento.
Nunca te olvidaré, lo tengo más que claro. Pero quiero que seas feliz, habrá alguna chica que te ame y te haga feliz. Lo mereces, más que nadie.
Te ama con toda su vida, Paula.
En ese momento, Hernán quien corrió escaleras arriba, abrió la habitación de la puerta de Pedro, y ver una imagen de su mejor amigo, que tal como había pensado, era doloroso verlo.
Pedro estaba mirando hacia la nada, la carta arrugada entre sus dedos, como si la presión que ejercía sobre ella pudiera borrarla, pudiera hacer que ella volviese a él. Sus ojos estaban inundados en lágrimas, pero el no pronunciaba palabra o siquiera se movía. Hernán se acercó sigiloso a verlo.
-Pedro –musitó algo inseguro de la reacción de Pedro.– Pepe, hermano, di algo.
Pedro se levantó bruscamente, fue hasta su escritorio, lleno de libros y cuadros, y lo primero que hizo fue tirarlo bruscamente todo al suelo soltando un doloroso sollozo. Rompió algunas cosas más, pero Hernán evitó que se hiciera daño, agarrándolo fuerte. Pedro sollozó fuertemente, sin decir absolutamente nada.
Por la mente de Pedro no había mucho que recorrer, odio, odio y más odio. Dolor e impotencia. Se sintió poca cosa, sintió odio contra si mismo. Nunca, jamás había sentido algo semejante al dolor que sentía por la partida de Paula. Pasó un rato hasta que se relajó y solo sollozaba, abrazando sus rodillas, y con la cabeza entre ellas. Hernán permanecía quieto y sintiéndose impotente. Su mejor amigo lloraba como un pequeño niño, desconsolado y herido, y él no podía hacer absolutamente nada. Y ahora Pedro comenzaba a preguntarse ¿por qué?
Miles de respuestas, una tan absurda como la otra. Pero todas tan probables al mismo tiempo. ¿Habría dejado de quererlo? ¿Estaba con otro? ¿Él había hecho algo mal? Ninguna respuesta, nada. Ni siquiera un adiós, ni siquiera un “quiero cortar con esto”, nada, no había explicado nada.
Entonces, miró a su mejor amigo. Recordó la llamada. Hernán debía saber algo.
-¿Cómo…? –le preguntó con la voz entrecortada.– ¿cómo sabías?
-Zaira… –susurró Hernán mirándolo inseguro. Pedro herido podía actuar de cualquier forma.– Paula le dejó una carta.
-¿Por qué? –preguntó Pedro.
-No lo dejó claro, algo le sucedió Pedro, no creas que tiene que ver contigo –dijo Hernán preocupado.– ella… algo raro sucedió, pues según Zaira, ni siquiera su madre lo sabía. No tienen idea donde fue, pero probablemente fue a Estados Unidos. Con su padre. –dijo Hernán. Pedro intentó dejar de llorar, pero le era inevitable. ¿Estados Unidos? ¿Cómo podría encontrarla si ni siquiera sabía en que Estado vivía el padre de Paula?
-Quiero irme a la mierda –dijo Pedro, Hernán le dio un cariñoso y consolador abrazo de amigos. Pedro lloraba, destruido por dentro, como si lo hubiesen partido en mil trozos.
-Amigo… –dijo Hernán.– no hagas alguna estupidez ¿quieres? Intentaré averiguar algo más junto con Zaira, llamaré a los chicos para que vengan a hacerte compañía. –dijo el muchacho parándose rápidamente.
-Quiero estar solo Hernán… -dijo Pedro con tono apagado.
-Solo si prometes que no harás nada lo suficientemente estúpido. –dijo Hernán fulminándolo con la mirada.
-Lo prometo. –dijo Pedro sin mirarlo siquiera. Hernán asintió y salió, aún así llamó a los chicos para que lo estuviesen vigilando.
Pedro se tiró en la cama boca abajo sin siquiera moverse, respiraba con dificultad, entre la posición en que estaba y el llanto que le cortaba la respiración. ¿Cómo era que ella lo había dejado solo? ¿Acaso no había prometido la noche anterior que lo amaba con toda su vida? Si tanto le dolía dejarlo ¿por qué no solo le explicaba? Quizás hubiese podido ayudarla. Sí, el habría hecho lo que fuese por ayudarla. Sollozo contra la almohada durante largos minutos, sin siquiera moverse.
Abrió los ojos, le ardían y le escocía la piel bajo ellos. Las horas de llanto justificaban el dolor. Y aún no le cabía en la cabeza que se hubiese ido. ¿Cómo podría estar tan tranquilo sin ella? Dolía, le dolía el pecho, le dolía el corazón, le dolía el alma. Se sentó en la cama, miró la hora. Las ocho de la tarde. Había dormido durante las largas horas del día. ¿Y que más le quedaba ahora?
-Hijo… –la voz de su madre lo hizo levantar la mirada. Ver a su hijo destruido, le partía el alma. Ella entendía un poco el dolor relacionado al amor y las relaciones, y sabía que el amor era doloroso cuando las cosas no marchaban bien. Vio los ojos marrones de sus hijos, llenos de dolor, llenos de los vestigios de las lágrimas derramadas. Se sentó al lado de su hijo menor, y lo rodeó con sus brazos, ofreciéndole aquella protección y comprensión maternal que quizás Pedro necesitaba. Sin decir nada, se lanzó a llorar otra vez. Sabía que con su madre podía ser él, podía llorar como cuando era un niño y se hacía alguna herida. La abrazó con todas sus fuerzas, y Ana respondió al abrazo, diciéndole que estaba todo bien, que todo pasaría. Pedro terminó recostado en las piernas de su madre, mientras ella le acariciaba el cabello.
-Pepe… ¿quieres algo de comer? –preguntó la mujer mientras le acariciaba la mejilla a su hijo.
-No tengo hambre mamá –dijo el con la voz entrecortada.– quiero dormir, solo eso. –Pedro se levantó, se quitó la camiseta y los pantalones, su madre le besó la mejilla y se lanzó a su cama a dormir. Era lo único que le calmaba el dolor.
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miércoles, 1 de mayo de 2013
Capítulo 38
{La canción que canta Pedro a Paula es esta www.youtube.com/watch?v=WZ4C9Mnyllk&feature=related}
Dos semanas luego. Tortuosas y bipolares, algo largas y confusas. Pedro estaba estresado, por decir lo menos, estaba harto, pero sentía que sus manos estaban literalmente atadas ¿qué podía hacer frente a la falta de comunicación de su novia? Estaba más confundido que nunca, pero no terminaría con ella. La amaba, la adoraba ¿cómo sería capaz de siquiera pensar en cortar su relación, que tanto trabajo le había costado formar? No, eso no estaba entre las opciones, pero la situación lo mantenía bajo presión, estresado y con el ánimo por los suelos.
-Pedro, hermano, estoy hablándote. –la voz de Agustín lo sobresaltó.
-Lo siento Agustín, no estaba prestando atención –dijo Pedro mientras jugaba con la pajilla de su batido de vainilla.
-Pedro ¿estás bien? –le preguntó su amigo.
-Ya sabes Agustín, la situación de Paula me tiene al límite. –dijo Pedro.– estoy harto de su actitud, pero sé que algo sucede ¿entiendes? Me siento presionado, no sé que le pasa, sé que tengo que ayudarla, pero es como estar ciego y de manos atadas… –musitó Pedro mientras tomaba un sorbo de batido.– y tampoco terminaré con ella, ya sabes.
-No tengo idea que puede sucederle, la conoces más que yo. –dijo Agustín dando un suspiro.
-Es algo en su familia, estoy seguro. ¿Qué mas puede ser? –preguntó Pedro. Se rascó la cabeza, estaba desesperado.
-Tienes que averiguarlo sea como sea Pedro. Es el único consejo útil que puedo darte.
-Mhm… lo intentaré, o sea, seguiré en eso. ¿Vas a la fiesta de Matías esta noche? –preguntó el muchacho.
-Claro, a las nueve. –dijo Agustin.
-Está bien, iré con Paula, te veo allá.
La tarde se pasó volando. Paula había aceptado ir con Pedro, todo por escapar de su vida. Aunque ya sabía que la tortura podría terminar rápidamente, todo terminaría, para mejor y para peor. ¿Qué otra cosa podía hacer? Nada, solo podía escapar, huir como una maldita cobarde. Toda su valentía había quedado hecha polvo, se había escapado tan fácilmente como su vida se escapaba ahora.
Se maquilló ante el espejo, tapando las marcas de algunos golpes que tenía en el rostro. Tuvo que maquillarse los rasguños de sus brazos, no quería preocupar a Pedro, no quería que su sufrimiento fuese compartido con él. Esta era su última oportunidad de amarlo como se merecía, y no iba a desperdiciarla.
Terminó de arreglarse, y miró por la ventana de su habitación. ¿Por qué tenía que ahora pasarle eso a ella? Se sentía tan mal, su dignidad no existía, tampoco existía lo que llamaba valentía, ni siquiera tenía la capacidad de refugiarse o pedir ayuda. Estaba asustada, no quería que nada le pasara a Pedro. Y como le habían dicho, ella era débil, y era egoísta. Así que ni siquiera se le pasó por la mente pedirle ayuda a Pedro. No quería angustiarlo más, aunque inconscientemente claro, ya lo estaba haciendo.
Unas manos atraparon su cintura. Se sobresaltó y cerró los ojos, pero la voz de Pedro la hizo relajarse. Suavemente le besó el cuello, ella sonrió con melancolía. Se volteó y se encontró con aquellos ojos marrones que la hacían volar a las nubes y jamás bajar desde allí. Sus labios se toparon suavemente. Y ella lo único que atinó a hacer fue a lanzarse a sus brazos, sin querer dejarlo ir. Jamás.
-Te amo Pedro –le dijo suavemente al oído. Pedro sonrió al oír su melodiosa voz diciéndole esas palabras que tanto gustaba de oír.
-Yo también te amo princesa –le dijo dándole un sonoro beso en la mejilla.– ¿estás lista?
-Sí, tomaré mi bolso y vamos. –dijo ella besándole la mejilla también. Él caminó hasta el umbral de la puerta, mientras ella sin que el se percatara, metió dos sobres en su bolso, y lo cerró. Se acercó a él.– vamos.
Pedro le tomó la mano y salieron de la casa. Manejó hasta el apartamento de Matías, donde tendrían una fiesta con amigos cercanos. Paula estaba ida, más que nunca. Pero no podía decirle que no a Pedro, al fin y al cabo, quizás sería la última vez que compartiera con él. Cerró los ojos, la garganta le ardía. Tenía unas terribles ganas de llorar, de lanzarse sobre Pedro, decirle que la rescatara, la salvara. Pero no, el amor que sentía por él le impedía hacerlo, quizás el la odiara después de todo, quizás él no podría ayudarla, o simplemente lo haría pasar un mal rato. Además, estaba en peligro. Su integridad estaba en peligro si ella le pedía ayuda. Pero ya no había marcha atrás, estaba todo listo para escapar de la tortura en que su vida se había transformado.
-Llegamos princesa –le dijo él con una enorme sonrisa.
Subieron al ascensor, al piso 4. Tocaron la puerta, y abrió un Matías sonriente y alegre.
-¡Chicos! Solo faltaban ustedes –dijo haciéndolos pasar. Pedro la dejó entrar primero, y le rodeó la cintura con sus manos. Caminaron con cierta dificultad ante el abrazo, pero ambos sonreían. Claramente Paula quería disfrutar esto, lo último que le quedaba.
-¡Pepe! –la voz de Hernán los hizo voltear. El se acercó con un trago en la mano, abrazó fuertemente a Pedro y besó la mejilla de Paula.– ¡tómense uno de estos! –indicó su vaso.– están geniales.
Paula miró a su alrededor y vio caras conocidas, amigos y amigas de los chicos, sus novias y ellos. Había música, comida y alcohol. No sabía si quería emborracharse y olvidar todo, o recordar la última noche que pasaría con Pedro. El la arrastró hasta la barra y pidió dos tragos, uno para cada uno. Suspiró y tomó, mientras Hernán y Zaira, conversaban animadamente con Pedro.
-Amiga, ¡Vamos! Tienes que disfrutar esto… solo tienes dieciocho, debes subir el ánimo –Zaira tomó asiento a su lado, mientras la miraba con cariño.
-Lo sé, lo intentaré –musitó ella.
-No hagas que Pedro se decepcione de haberte confesado todo, conquístalo cada día, amalo, el te ama con su vida y lo menos que quiere es perderte. –Zaira le dio una sonrisa.– anda, ve a bailar con él.
Ella sonrió y le susurró en el oído a Pedro que bailaran. Mas allá, habían muchos que ya estaban alegres bailando. Karla y Matías estaban disfrutando bastante la fiesta, mientras reían con amigos, bailaban y se besaban. Agustín y Jazmyn también estaban besándose, al parecer nadie perdía el tiempo. Gustavo y Angie bailaban con una enorme sonrisa en el rostro. Por un momento, Paula los envidió, esa felicidad y alegría que desprendían. Como deseaba retroceder el tiempo y volver a ser la misma de siempre, pero no, ahora ya no podía.
El ritmo de la música, el alcohol y la adrenalina de la noche que estaba en su mejor momento los dejaba llevarse, Pedro y Paula, un poco borrachos, bailaban tan cerca como podían, se besaban de forma apasionada, como si no hubiese nadie más allí.
Under the lights tonight, turn around, and you stole my heart
Just one look, when I saw you face, I fell in love
Take a minute girl, to steal my heart tonight.
Sus bocas se movían de forma casi salvaje, como si no tuviesen suficiente del otro. Las manos de Pedro estaban en la parte baja de su espalda, apegándola a su cuerpo, sintiendo cada curva sobre él.
La noche pasaba, y estaban pasándola genial. Pedro estaba algo borracho, pero era consciente de todo. Eran pasadas las cinco de la madrugada, Matías y Karla se metieron a la habitación de Matías, mientras los otros se repartían las habitaciones.
-Quiero ir a casa –susurró Paula.
-¿A mi casa? –preguntó Pedro. Ella asintió, rodeándolo con sus brazos.– llamaré un taxi.
Se despidieron, pero antes, Paula se acercó a Zaira.
-Necesito que leas esto, mañana, no hoy. Promételo –dijo. Zaira la miró frunciendo el ceño. No tenía idea que planeaba, y eso le preocupaba, pero era su amiga, la confianza era algo esencial para ella.
-Lo haré. –prometió. Se abrazaron con fuerza, y ella se despidió de Hernán. Subieron al taxi, dio las indicaciones y apoyó la cabeza en el pecho de Pedro.
-Te amo hermosa –dijo él en su oído. Ella sintió un escalofrío recorrer su espalda. La mano de Pedro estaba sobre su muslo, donde trazaba círculos irregulares. Buscó su boca, y rápidamente la encontró. Se besaron lentamente, para disfrutar cada centímetro de los labios del otro.
Apenas llegaron, entraron en silencio. Pedro estaba borracho, por lo que ella lo ayudó a subir. Se quitó la chaqueta, y ayudó a Pedro a quitarse la ropa. Pero él no tenía plan alguno de dormir. Él rápidamente comenzó a tocarla, y buscó sus labios. Ella no se resistió, al fin y al cabo, tenía que disfrutar quizás su última noche juntos. Se besaron lentamente, pero a la vez con desesperación. Pedro se puso sobre ella, sin hacerle peso. Ella lo atrajo más a él, rodeándole el cuello con sus brazos. Sus manos pasaron bajo la camisa de él, deslizando suavemente sus dedos por su piel, haciéndolo soltar un suspiro sobre sus labios. La boca del muchacho sabía fuertemente a alcohol, pero no le molestó a ella en lo absoluto. Sus labios estaban fríos, porque hacía un poco de frío. Pero ella siguió besándolo casi con violencia. Pedro se quitó la camisa rápidamente, y ayudó a Paula a hacer lo mismo. Sus besos descendieron al cuello de la muchacha, ella tembló ante el contacto de sus labios fríos contra su piel, gimió suavemente, mientras el besaba su piel y sus manos recorrían su espalda, provocándole escalofríos en todo el cuerpo. Buscó el broche de su ropa interior, y sin mucho esfuerzo lo encontró. Paula se movió, quedando ahora sobre él, y se terminó de quitar la prenda. Pedro sintió el calor correr por su cuerpo cuando ella se sentó sobre él, y dejó caer su cabello sobre su pecho desnudo. Fue la imagen más sensual que había visto en su vida. Ella se inclinó nuevamente para besarlo, llevando sus manos al cinturón del pantalón de Pedro. Jugó con él, mientras sus bocas seguían jugando, sin querer detenerse. Poco a poco le bajó el pantalón, mientras mordía su labio inferior, Pedro cerró los ojos y se detuvo un segundo a disfrutar lo que ella le hacía sentir. La borrachera aún así le permitía sentir todo esto, y sabría que le permitiría recordarlo.
-Te amo Alfonso –le susurró ella sensualmente en el oído, aplastando su pecho, contra el de él, cosa que lo llevaba al límite.
-Dios mío, te amo tanto –dijo él también en el oído de ella. Sintió su piel erizarse ante el contacto del aliento de su novio contra su piel.
Ella se quitó de sobre él, solo para quitarse la ropa, ante la casi hambrienta mirada de su novio. Ya sin ninguna prenda encima, ayudo a Pedro a hacer lo mismo.
Sus bocas se encontraron en el momento en que se hicieron uno otra vez. Por un momento, Paula olvidó todo el sufrimiento, olvidó el dolor, solo dejó a su cuerpo sentir la tonelada de sensaciones que le hacía sentir su novio. No solo el placer, si no también la forma en que su piel quemaba cuando el la tocaba, o el amor que desprendían sus ojos marrones cuando se miraban. Cerró los ojos ante otro movimiento de Pedro, y sus varoniles manos recorriendo la piel de sus piernas, atrayéndola más contra su cuerpo, haciéndola temblar. Otro gemido, y un beso. Sus bocas parecían romperse al ritmo que se movían. Sus lenguas no daban tregua, y sus cuerpos se movían al compás. Y sí, sus dedos otra vez le quemaban la piel, mientras se deslizaban por su espalda. Susurró su nombre, él cerró los ojos, con sus bocas aún unidas, mientras los consumía la mejor sensación del mundo. Sin moverse, sin hablar, disfrutando los largos segundos de placer. Hasta que ambos respiraron otra vez al mismo tiempo. Pedro lentamente abrió los ojos, y la miró con tanto amor, que dolía. Paula volvió abruptamente a la realidad, y no pudo evitarlo. Se abrazó contra él, apoyando su cabeza en su pecho, y sus lágrimas cayeron, mojando sus mejillas y la piel de Pedro.
-¿Mi amor estás llorando? –preguntó Pedro. Ella no dijo nada, solo se escuchaban sus sollozos.– Paula diablos, dime que te pasa –susurró Pedro algo más preocupado. Ella no hablaba, solo lloraba, mientras abrazaba con fuerza a Pedro. Él le acariciaba el cabello, sin saber que hacer. Ella no cedía, no hablaba, le parecía mejor dejarla desahogarse, y luego hablar. Decidió cantar una canción, mientras sus dedos se deslizaban por la piel de su espalda.
Lyin' here with you so close to me It's hard to fight these feelings when it feels so hard to breathe I'm caught up in this moment, caught up in your smile I've never opened up to anyone So hard to hold back when I'm holding you in my arms We don't need to rush this, let's just take it slow
Just a kiss on your lips in the moonlight Just a touch of the fire burning so brightAnd I don't want to mess this thing up No, I don't want to push too far Just a shot in the dark that you just might Be the one I've been waiting for my whole life So baby, I'm alright with just a kiss goodnight
I know that if we give this a little time It'll only bring us closer to the love we wanna find It's never felt so real, no, it's never felt so right.
Ella tenía sus ojos totalmente cerrados. Pedro la conocía como a la palma de su mano, sabía que amaba a Lady Antebellum, que muchas veces cuando estaba triste, era lo que más escuchaba y lograba calmarla. Y sobre todo sabía que alguna vez le había dicho que esa canción le recordaba a él.
Él ya no oía su llanto. Se acomodó un poco, y ella se sentó junto a él. Se miraron a los ojos. Los de ella estaban hinchados.
-Princesa… –susurró el mientras su mano iba a la sonrojada mejilla de Paula.– ¿qué está pasando contigo? –preguntó, casi esperando no obtener respuesta. Ella miró sus manos, sin decir nada.– Paula, estoy aquí… solo dímelo ¿sí? Yo puedo ayudarte… para eso estoy, estamos juntos en todo, si algo te sucede, si necesitas ayuda, solo dímelo. Soy capaz de dar mi vida por ti. –dijo él en voz baja, mientras sus dedos recorrían la piel de Paula, desde su frente, hasta su mentón. Ella mantenía los ojos cerrados.– confía en mí… dime ¿qué te está afectando? ¿alguien te está haciendo daño Paula? –ella no levantó la mirada, solo volvió a abrazar a Pedro, no quería soltarlo, no quería dejarlo ir, no quería irse. Quería mantener ese momento para siempre.
-Te amo Alfonso… siempre lo he hecho, no sé como pude estar tan ciega, todo lo que siempre quise estaba aquí, estaba conmigo… no entiendo porque tardé tanto en darme cuenta, en saber que inconscientemente te amaba Pedro. Nunca lo olvides. –pidió ella mientras levantaba la cabeza para besarlo. Pedro respondió su beso. La borrachera había disminuido notoriamente.
El miró la hora, eran las seis y media de la mañana.
-Nunca lo olvidaré. Descansa amor, mañana hablaremos bien –dijo él. Tomó la manta y los tapó a ambos.– buenas noches, te amo muchísimo.
-Te amo Pepe –dijo ella sonriendo con melancolía. Se besaron otra vez, lentamente, aunque Pedro sintió una extraña sensación, como si algo fuese a suceder. Y lo peor de todo, es que su intuición no fallaba.
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Acá esta los otros 2 que les prometí. Gracias por sus palabras.
martes, 30 de abril de 2013
Capitulo 37
Pedro miraba atento la hoja sobre la que estaba escribiendo. La solicitud a la universidad le pedía una serie de datos, y cuando se desconcentraba, podía poner cualquier estupidez. Paula estaba junto a él, callada como le era habitual estos días. Terminó de llenar el papel, lo entregó y tomó la mano de Paula para ir a buscar su auto. Luego pasó su brazo rodeándole los hombros, ella no dijo nada, tampoco se resistió. Aún sentía protección en los brazos de Pedro, como si el fuese a dar la vida por ella. No quería pensar mucho respecto a su relación, o terminaría llorando frente a Pedro, lo que le haría continuar su interrogatorio diario. Y no tenía más mentiras, se le habían agotado.
Subieron al auto en silencio. Pedro encendió el motor.
-Ponte el cinturón de seguridad –le ordenó a Paula. Ella obedeció.– seguridad primero –dijo con una sonrisa torcida. Paula sonrió.
-Si chocamos y nos volcamos, te aseguro que no servirá de mucho –dijo ella burlona.
-Sí sirve –contradijo Pedro.– además, no tienes que pensar de esa forma, mejor pensar que si no te lo pones, vendrá un policía y nos multará.
-No sabes lo que puede pasar, es destino, quizás estamos destinados a morir –dijo ella. Pedro sonrió otra vez, mientras miraba hacia el frente.
-Eso siempre ha sido así, estamos destinados a morir. No sabemos cuando ni donde. –dijo Pedro.– pero hay que disfrutar cada segundo de vida que aún tienes. ¿Por qué tentar al destino arriesgándote? Mejor disfruta, cuídate, y sé feliz.
-Mhmm… –dijo ella. ¿Ser feliz? Últimamente le era imposible.
-Y si morimos ahora, bueno estamos juntos, nos amamos, y podré morir tranquilo pensando que logré estar contigo, vencí todo y te dije que estaba enamorado de ti. ¿Qué más puedo pedir? –ella sonrió mordiéndose el labio.
Ese estúpido nudo en la garganta otra vez. ¿Qué más podía pedir ella? Pedro era todo lo que necesitaba, sería una locura creer que hubiese alguien que la amara más, que la hiciese sentir viva y tan bien como el lo lograba. Era hermoso pensarlo de esa manera. Pedro era suyo, le pertenecía. Y ella era de él. Aunque claramente no todo era color de rosa como se veía. Su vida se estaba transformando en un infierno, uno silencioso, que estaba viviendo sola. No necesitaba arrastrar a Pedro a eso. ¿Para qué hacerlo pasar un mal rato? Quizás todo acabaría pronto, aunque al parecer, ella tendría que tomar una decisión para que todo terminara. Y tenía miedo de hacerlo. La mejor alternativa que barajaba, tenía un sacrificio, y uno enorme. Miró a Pedro sonriendo, sus ojos marrones brillando. ¿Sacrificaría eso? Bueno, ahora su vida era una verdadera mierda y estaba arrastrando inconscientemente a Pedro a ello. Quizás era mejor tomar la alternativa, y hacer el sacrificio ahora, antes de que empeorara.
-¿Qué tanto piensas? –Pedro interrumpió sus pensamientos. Ella lo miró, el seguía con esa sonrisa. Sí, sería el peor sacrificio. Pero no podía seguir así.
-Yo… –¿otra mentira?– nada, solo es un bonito día –dijo ella mirando por la ventana.
-Cierto –concordó Pedro.– hey –su mano estaba sobre el muslo de Paula. Pararon en un semáforo en rojo.– te amo –sus miradas se cruzaron. ¡Mierda Pedro! Me estás haciendo esto más difícil, pensó. ¿Dejarlo? No, no podía pensar en dejarlo sin que doliera, sin que quemara por dentro. No quería llorar, no frente a Pedro. No quería tener que volver a mentirle, diciéndole que todo estaba bien, cuando nada lo estaba.
-Yo también te amo Pedro –dijo ella.– con toda mi vida.
Pedro sonrió otra vez. ¿Cómo era posible que una mujer lo hiciera inmensamente feliz con un par de palabras? Ahora sabía a lo que se refería Robin cuando hablaba del amor. A veces crees que amas, pero solo es cariño. Pero el estaba seguro que la amaba. “El amor es cuando, ella dice la estupidez más grande, pero solo oyendo su voz, sonríes como un tarado. Cuando ella se enoja y te grita, te enfadas mucho, pero no puedes estar mucho sin necesitarla. Cuando te percatas de cada defecto, pero sientes que sin eso, no sería ella. Es amar, aceptar, tolerar, y respetar. Eso es amor, a veces tardas en encontrarlo, pero a veces te das cuenta que siempre ha estado ahí”
Y tenía toda la razón. No podía estar mucho sin necesitara. Amaba sus defectos, y amaba cada cosa que ella hacía. Era perfecta para él, era perfecta a su manera. ¡Dios, que cursi sonaba! Pero así era el amor, las chicas los transformaban.
-¿Vienes a mi casa hoy? –preguntó Pedro.
-Está bien –dijo ella sonriendo. Pedro sonrió y apretó un poco más el acelerador.
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Capítulo 36
Un par de días después, las cosas entre ellos no iban del todo bien. No había peleas o motivos de disgusto, solamente era ella. Estaba muy diferente, y Pedro se daba cuenta de que algo pasaba. No era su Paula, no hablaba, casi ni lo besaba, y prácticamente hablaba solo cuando intentaba conversar con ella acerca de algo.
-Paula vamos, algo te sucede… –dijo él mientras se sentaban en la cama.
-Nada Pedro, estoy cansada, solo eso –dijo ella en un susurro. Pedro suspiró, esa era su respuesta para todo últimamente. Y sabía que no era eso, pero no encontraba la forma de hacerla admitir lo que le pasaba. ¿Qué acaso no confiaba en él? Se comenzaba a hacer esa clase de preguntas, solamente quería ayudarla, pero ella no respondía, ella solo seguía ignorándolo.
-¿Confías en mí? –preguntó Pedro mientras su mano recorría el cabello de la morocha.
-Claro que sí –dijo ella mientras miraba al suelo. Pedro puso su mano en su mejilla.
-Entonces dime que sucede. –dijo él mientras le levantaba el rostro para que sus miradas se encontraran. Sus ojos verdes no lucían como siempre, estaban opacos. Y el comenzaba a asustarse. La amaba, y necesitaba protegerla, pero ella estaba haciendo una pared imaginaria contra todo el mundo, escondiéndose y no dejando a la gente que la amaba entrar.
-¿Cuántas veces quieres que te diga que nada? –dijo ella molesta.
-No sé, las que sean necesarias para que termines contándome la verdad –musitó él también molesto.– se supone que confías en mí.
-Confío en ti, y te digo, no me sucede absolutamente nada –dijo ella con tono seco.
-Mentirosa –acusó Pedro.– ¿acaso quieres terminar conmigo? Si quieres poner en práctica toda esa mierda de la distancia antes de terminar, solo dímelo enseguida. –dijo el fríamente.
-No quiero terminar contigo, solo estoy cansada y algo estresada ¿no puedo tener un par de días sin estar saltando de alegría? –preguntó ella irónicamente.
-No quiero que la distancia comience a hacer efecto –dijo Pedro relajando un poco el tono.– te amo, y realmente quiero que esto funcione –susurró.
Se miraron a los ojos, entonces Pedro se acercó a ella y le dio un beso. Ella lo respondió, movieron sus labios con suavidad, disfrutando los segundos, disfrutándose el uno con el otro. Pedro se movió un poco para besarla con más intensidad, sintiendo como el corazón comenzaba a latirle aceleradamente, sintiendo la sangre comenzar a correr por sus venas. Les comenzaba a faltar el aire, entonces el la empujó con cuidado dejándola recostada sobre la cama. Se acomodó sobre ella mientras seguía besándola. La morena enredo sus dedos en el cabello de Pedro, acercándolo más a ella. Pedro metió sus manos bajo su remera, acariciando su piel, mientras le besaba el cuello.
-Te amo demasiado, no te alejes de mí –le susurró en el oído.
Ella cerró los ojos, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo ante la sensualidad de su voz. Pedro se quitó la camisa que llevaba, y volvió a besarla. La ayudó también a quitarse su remera, para atacar sus labios otra vez. Le costaba respirar, sus pulmones exigían aún más aire, pero no podía separar sus labios de los de ella. Entonces le sacó el corpiño y siguió besándola. La poca cordura iba desapareciendo a cada movimiento de sus bocas. Entonces la mano de Pedro bajó hasta su vientre, y comenzó a meterla por el pantalón de ella. Fue cuando ella lanzó un grito y le dio un empujón a Pedro.
-¡No me toques! –le gritó cubriéndose. Pedro la miró confundido, no entendía que había pasado.
-¿Qué pasó? ¿Qué hice mal? –preguntó él mientras se acercaba a ella.
-¡Aléjate de mí! –grito ella poniéndose su ropa. Pedro le tomó el brazo cuando se paró, dispuesta a irse.– ¡suéltame! –le gritó desesperada. Pedro la soltó y ella corrió para irse.
Y dejó a Pedro confuso, con mil preguntas en la cabeza. Se sentía mal, y no sabía precisamente si era el culpable o no. No sabía que había hecho mal, no tenía idea que estaba sucediendo y comenzaba a preocuparse más de la cuenta. La actitud de su novia le estaba preocupando ya demasiado. Se puso su camisa, fue al baño a mojarse la cara, y decidió ir a hablar con Zaira.
Tocó el timbre, y le abrió la puerta su mejor amigo.
-¿Hernán? –preguntó arqueando una ceja. Su amigo venía algo despeinado y sudaba.– no quiero imaginarme que hacías –frunció el ceño e hizo una divertida mueca de asco. Hernán sonrió.– ¿está Zaira?
-¿Y tú para qué quieres a mi novia? –dijo el muchacho arqueando una ceja.
-Para llevármela y besarla –dijo Pedro irónico rodando los ojos. Ambos rieron.– necesito hablar con ella. –Hernán asintió y lo hizo pasar. Entró, se sentó en el sofá, Hernán llamó a Zaira. Ella bajó mientras se tomaba el cabello en una coleta.
-Hola Pedro –dijo alegre. Le dio un beso en la mejilla. Pedro sonrió débilmente. Se sentó Zaira, y Hernán junto a ella.– ¿pasa algo?
-Yo… necesitaba hablar contigo –musitó.– es sobre… Paula.
-¿Qué ha pasado Pedro? –preguntó ella.
-Ella… actúa tan extraña –comenzó Pedro.– es como si… quisiera terminar conmigo, aunque asegura que no, pero casi ni me habla, a veces llora sin razón… –Zaira miró al suelo dando un suspiro. Hernán escuchaba atento a su mejor amigo, quien lucía bastante afligido.– es tan extraño, hoy… estábamos en mi habitación, besándonos… todo subió un poco de tono, y de un momento a otro ella gritó que la soltara. –Zaira frunció el ceño.– gritó que no la volviera a tocar y se fue corriendo, quedé como un idiota viéndola irse. Ninguna explicación, nada.
-Si he notado su comportamiento –admitió Zaira.– pero debo admitir que no tengo idea que sucede. –confesó la muchacha. Hernán estaba callado. Le preocupaba un poco la situación, Pedro estaba afligido. Sabía que estaba enamorado de Paula, y que cualquier cosa podría herirlo. Le preocupaba su mejor amigo. Paula era una buena chica, y no estaba actuando así sin algún motivo, o algo que le estuviese sucediendo. Pero la pregunta era ¿qué rayos sucedía?
-He intentado preguntarle… ¡ni te imaginas cuantas veces! –dijo Pedro mientras su mano pasaba por su cabello, estaba nervioso.– hoy discutimos, porque le dije que no confiaba en mí, pero aún así ella dijo que no sucedía nada.
-Yo también le he preguntado, y siempre responde “estoy cansada” –dijo Zaira, Hernán tomó su mano, y le dio un cariñoso apretón, dándole ánimo. Ella le sonrió débilmente.– me preocupa, es mi mejor amiga, y es obvio que algo sucede. –Pedro asintió.
-Todo comenzó a cambiar luego del baile ¿sabes? –Pedro recordó a su novia algo diferente ese día, pero nada muy preocupante. Los días siguientes a eso, se había notado un brusco cambio en su personalidad. Extrañaba a su Paula, la Paula cariñosa, tierna, sonriente y divertida. ¿Qué le estaba pasando? Estaba con el ánimo por los suelos.
-Tranquilo Pepe… debemos averiguar que sucede, te aseguro que las cosas estarán mejor –dijo ella palmeándole el hombro cariñosamente. Pedro sonrió débilmente.
-Eso espero Zai… -dijo Pedro mientras miraba a su amiga y a su mejor amigo.
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Y un día volví. La razón por la que desaparecí lo dije aqui. Gracias por todos los lindos mensajes que me dejaron en twitter, los leí todo pero por cuestiones de tiempo no les pude responder a todos. Y volviendo con el tema de la novela, ahora les subí 3 capítulos, a la tarde les voy a subir otro 2 mas y mañana les subo 5 capítulos para recompensar por los días que no subí si?
Capitulo 35
Los pies la estaban matando cuando llegó a su hogar luego de un hermoso baile. Se sacó los tacones para entrar a su casa, sigilosamente. Eran las cinco de la mañana. Entró muy silenciosa y cerró la puerta.
Cuando iba a subir las escaleras, alguien le tomó el brazo. Volteó bruscamente, y vio a alguien parado junto a ella y algo la golpeó en la boca.
Pedro se tiró en la cama con una sonrisa imborrable. Aún sentía el perfume de su novia en su cuerpo. Todo, absolutamente todo había sido tan perfecto como siempre soñó. Estaba enamorado, totalmente enamorado de Paula. Era algo inexplicable. Ese tipo de cosas que no tienes descripción, solo son por sí solas. Miró el traje que había doblado con cuidado, y sonrió otra vez. Todo parecía perfecto, todo era perfecto. Era capaz de proyectar su vida con ella, aunque sonara algo loco, el quería estar con ella para toda la vida. Cerró los ojos, dejando fluir su imaginación. Imaginaba si algún día vivirían juntos. Cuando eran pequeños habían prometido vivir juntos, aunque nunca como pareja, nunca lo habían imaginado. Ahora todo era diferente. Entrarían a estudiar, y conseguirían un apartamento juntos si iban a la misma universidad. Si así fuera, ella elegiría, siempre le negaba a Pedro elegir las cosas que tuvieran que ver con decoración y todo eso. Como cuando armaban los árboles de navidad juntos. Ella acaparaba todo el trabajo. Sonrió por inercia. Imaginó verla despertar a su lado cada mañana, prepararle el desayuno, o probablemente lo haría ella, no le gustaba como Pedro cocinaba. Siempre terminaba encontrándole algún detalle a la comida. La imaginó terminando la universidad y él ahí, felicitándola, besándola y diciéndole lo orgulloso que estaba. Imaginó cuando le pidiera matrimonio, eso era un anhelo. Verla con un vestido blanco, ajustado a su hermosa figura, llegando al altar, luego de tantos años. Diciéndole que sí, ellos besándose. Sabía que no sería fácil, y que pelearían demasiado, ella era muy terca, y él era peor.
La última imagen que vino a su cabeza provocó su corazón acelerarse. Paula sonriéndole, pero de otra forma, convertida en una mujer, y con un enorme vientre. ¿Tendrían alguna vez hijos? Si, esperaba que sí, estaría encantado de tener pequeños niños como él y chicas como ella, corriendo en una hermosa casa. El sueño de todo enamorado. Esperaba que se cumpliera, realmente lo quería. Finalmente, se quedó dormido con aquellas imágenes.
A la mañana siguiente, despertó alrededor de las 3 de la tarde. Estaba exhausto aún, pero su madre amablemente se encargó de llevarle el desayuno a la cama. Le contó todo, y lo enamorado que estaba. Hablaron mucho del tema, Ana se sentía orgullosa de su hijo, era todo un hombre enamorado y eso la hacía extremadamente feliz.
Pedro se dio una ducha, y luego de eso fue a buscar a Paula, pero antes de tocar el timbre, su celular sonó.
-¿Sí?
-Hey Pepe, Gustavo y yo estamos en el bowling, y Agustín con Hernán vienen en camino. Tarde de chicos ¿te anotas? –la voz emocionada de su amigo Matías lo hizo sonreír.
-Claro hermano, voy en camino –cortó el teléfono, dio una mirada a la casa de Paula y fue a buscar su auto.
Llegó al bowling, Matías se estaba burlando de Hernán porque había hecho más puntos, Agustín y Gustavo discutían por quien anotaba los puntos.
-¡Llegó bebé tarzán! –gritó Hernán.
-Hey –dijo Pedro.
-¿Paula te soltó por fin? –preguntó Matías divertido mientras le palmeaba el hombro.
-No la he visto desde que la dejé en su casa, no soy como tú Alé –ambos rieron.
-Matías, a veces creo que eres un ninfómano –dijo Agustín divertido.
-No te hagas el idiota, estoy seguro que ya no duermes tanto desde que estás con Jazmyn –dijo Matías burlón.
-Matías, lo tuyo es grave –dijo Hernán divertido.– cada vez que te llamo suenas como si hubieses corrido una maratón, y siempre la voz de Karla de fondo.
-Exagerado –dijo Matías sonrojándose.
Pedro fue a tomar un bolo, se puso en posición, y lo lanzó. Le dio a todos los palitroques.
-¡Tomen esa inútiles! –dijo con una satisfecha sonrisa.
-Golpe de suerte, idiota –dijo Matías arqueando una ceja.
-Abran paso, que el señor Conti les mostrará como se hace –dijo Gustavo tomando un bolo. Lo tiró, pero un palitroque no quiso caer.– casi. –musitó enfadado.
-Sigo ganándote Conti –dijo Pedro con una sonrisa
.
-El chico de la suerte ganará muchachos –dijo Agustín mientras lanzaba el bolo. Le dio a absolutamente todos los palitroques.– ¡así se hace!
-Pura suerte –dijo Gustavo rodando los ojos.
-Me toca –dijo Hernán.
Así que la tarde se les hizo muy tranquila. Luego de eso, fueron a casa de Matías y tomaron unas cervezas, Pedro casi ni tomo porque manejaría. Así que alrededor de las siete de la tarde estacionó su auto en la casa, y decidió ir a ver a Paula.
Tocó el timbre, y le abrió el padrastro de Paula.
-Buenas tardes –dijo Pedro.– ¿se encuentra Paula?
-No, no está, y no vuelve hasta tarde –dijo el hombre de forma brusca– adiós.
Cerró la puerta. Pedro arqueó una ceja. ¿Qué le sucedía al hombre ese?
Llegó a su casa y se dispuso a jugar un videojuego. Aunque en su mente divagaba por qué no le habría avisado que no iba a estar, si supuestamente se verían más tarde. Ahora que se percataba, ese hombre no le daba buena espina. Decidió ir a llamarla por teléfono. Marcó su número, una, dos y tres veces y nadie contestó. Supuso que realmente estaría ocupada, y tampoco quería ser muy obsesivo, no quería que ella terminara por hartarse.
Tomó su guitarra y tocó algunas cosas sin sentido. Agustín le había estado dando algunas clases de guitarra, y aprendía bastante rápido.
Miró la hora, eran las diez y media, probablemente ella habría llegado. Salió de su casa, y caminó hasta la casa de Paula. Tocó el timbre, y le abrió justamente ella.
Pero algo estaba diferente, ella no lucía su alegría de siempre, le besó cortamente los labios sin decir absolutamente nada.
-¿Pasa algo? –preguntó Pedro tomando su mentón y mirándola a los ojos. Ella tenía los ojos llorosos.
-No, estoy bien –musitó ella. Pedro la tomó de la cintura y la abrazó contra su cuerpo. Ella intentó evitar llorar a toda costa. Respiró pesadamente mientras abrazaba a su novio. No quería soltarlo, mantendría ese momento para siempre.
-¿Vienes a mi casa? –ella asintió. Cerró la puerta tras ella, tomó la mano de Pedro y fueron hasta su casa. Pedro notaba que algo sucedía, ella normalmente le hablaba y le contaba acerca de su día, o de cualquier cosa. Pero estaba ida, no parecía ella.
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Capitulo 34
{Cuando comience la canción lenta, es esta www.youtube.com/watch?v=n9XpkVqCcq4 es hermosa, la letra es a base de metáforas, tómense un tiempo y la entenderán}
El día llegó, el baile de fin de curso. Todos estaban emocionados, ahora más que nunca, después de todo, era el fin de la secundaria, y de absolutamente toda la época escolar simple. Ahora el futuro se les venía encima, y por lo menos, planeaban pasarla bien antes de tener que tomar decisiones.
Pedro se estaba duchando, mientras cantaba suavemente una melodía de Ed Sheeran, uno de sus cantautores favoritos. Tenía gran habilidad para el canto, pero no le gustaba cantar en público. Ni siquiera a Paula solía cantarle. Quizás hoy era el día, le cantaría, después de todo, el ambiente lo llevaría a hacer alguna locura por ella.
Mientras tanto Paula se arreglaba el cabello. Levantó la mirada, y decidió que tenía que lavarse la cara. Los rastros de llanto seguían allí. Suspiró, se mojó la cara y se secó con la toalla. Se puso otra vez frente al espejo, terminó de arreglarse el cabello, se sacó la bata, dejando ver su cuerpo semidesnudo en el espejo. Sonrió débilmente al ver una marca en su cuello, mataría a Pedro, tendría que ponerse maquillaje para que no se notase. Se maquilló bastante, borrando las ojeras y haciendo parecer que nada le sucedía. Se puso el vestido, Pedro la miraría con cara de pervertido cuando la viese, estaba segura. Se puso los enormes tacones, y terminó los últimos detalles. Pedro vendría por ella en quince minutos. Se dio una última mirada, se puso su pulsera favorita, aquella que Pedro le dio. Y finalmente, bajó.
Su madre estaba allí, la observó de pies a cabeza y sonrió. Rob, sonrió también, aunque a Paula le dio miedo la sonrisa maléfica. Lo odiaba, no quería mirarlo a los ojos.
Pedro tocó la bocina, mientras se borraba el beso de su madre de la mejilla. Bajó del auto, y se apoyó en él, luego nervioso, volteó a darse otra mirada. Se acomodó la corbata, que necesariamente tenía que ser roja, a petición de Paula. Sonrió nervioso, entonces la puerta de la casa se abrió.
Si no fuese porque la mandíbula de Pedro estaba adherida al resto de huesos de su cara, se abría caído. Estaba hermosa, no, más que eso, estaba jodidamente sexy y preciosa, el solo verla lo hacía pensar cosas indebidas. Tomó una bocanada de aire, y suspiró.
Paula llevaba un apretado vestido rojo, que dejaba un hombro totalmente al descubierto. Era corto, muy corto y dejaba ver sus largas piernas, usaba unos zapatos rojos con un enorme tacón, su cabello estaba recogido en un bonito peinado, llevaba unos aros negros, en combinación al color de sus uñas y de su bolso. Sus ojos estaban maquillados perfectamente, sus gruesas pestañas enmarcaban sus ojos, más el delineador que le daba una mirada intensa. Sus mejillas levemente sonrojadas, y la mejor parte. Sus tentadores y gruesos labios que iban pintados rojos. Ella sonrió tímidamente, mientras Pedro se la comía con la mirada.
-Estás… –no tenía palabras para describir lo perfecta que se veía.– ¡oh! No sé que decir.
-¿Estoy bien? –preguntó ella mordiéndose el labio. Pedro evitó mirar demasiado sus labios.
-Estás… oh dios, jodidamente sexy y perfecta, mi amor –dijo besando la frente de la chica. Le abrió la puerta del copiloto, y le dio la mano para que subiera. Ella sonrió coqueta. Pedro saludó con la mano a la madre de Paula y a su novio. Subió y encendió el auto, tratando de no mirar mucho las descubiertas piernas de su novia.– Ponte el cinturón –susurró. Ella asintió y se lo puso.
Pedro manejó hasta el gran gimnasio perfectamente decorado de la secundaria. La ayudó a bajar, tomándole la mano. Ella le sonrió.
Entraron tomados de la mano, Pedro sonreía con suficiencia. El lugar estaba maravilloso, parecía un local nocturno sofisticado, iluminado a la perfección. Era hermoso contemplarlo.
-¿Lista para una noche inolvidable? –preguntó Pedro mientras la tomaba por la cintura.
-Claro que sí –dijo ella sonriéndole. Pasó sus brazos por el cuello de su novio.– esta vez, sin interrupciones, serán nuestra noche –susurró ella coquetamente sobre sus labios. Le dio un suave beso.
-Te amo preciosa –dijo el abrazándola con fuerza.– nunca lo olvides ¿sí?
-Nunca lo haré –dijo ella con un poco de melancolía.
-¿Pasa algo? –preguntó Pedro mirándola fijamente. Ella miró esos ojos marrones que la habían enamorado. Sintió un enorme nudo en la garganta.
-No mi amor, no pasa nada –dijo ella con una sonrisa.
El sonrió y le tomó la mano, mientras se acercaban a donde había más gente, allí estaban Hernán y Zaira. Les sonrieron. Zaira se veía hermosa, llevaba un vestido negro ajustado y unos tacones plateados. Se abrazaron.
-¿Puedes creer que la secundaria se va? –preguntó ella con emoción.– ¡No puedo creerlo!
-Yo tampoco –dijo ella con una sonrisa.– tú ya acabaste la secundaria –dijo Paula arqueando una ceja cuando miró a Hernán.
-Tengo mis trucos –dijo Hernán divertido. Los cuatro rieron.
-¿Dónde están los chicos? –preguntó Pedro mientras le echaba una mirada a su reloj.
-Agustín y Jazmyn están por allá –dijo indicando la mesa del ponche y la comida.– Gustavo y Angie están bailando por allá –indicó la pista de baile, el castaño tenía tomada de la cintura a la muchacha, y se sonreían, como tontos enamorados.– y Matías con Karla no han llegado aún.
-¿Quieres beber algo o vamos a bailar? –preguntó Pedro a Paula.
-Vamos a bailar, quiero que pasemos una noche extraordinaria –dijo ella mientras le tomaba la mano. El sonrió, y caminaron hasta la pista de baile.
La música pop y electrónica los mantuvo entretenidos alrededor de una hora, luego algunos bailes mas atrevidos, en el que Pedro tenía que tomar aire para no desnudarla allí mismo.
Fueron a tomar algo de ponche. Se encontraron con Matías y Karla, quienes lucían estupendo. Matías se veía tan sensual como es característico de él, y Karla llevaba un vestido atrevido. Sonreían, mientras Matías llevaba por la cintura a su novia. Pedro y Paula bebieron, no demasiado, ambos querían pasar una noche perfecta, y recordarla el resto de sus vidas. Pasaron algunas horas de música y baile, Paula ya estaba cansada y comenzaban a dolerle los pies. Le había pedido a Pedro que se sentaran. Aunque en ese instante todo paró y la gente se susurraba cosas.
El DJ tomó el micrófono y paró la música. Todos lo miraron atento.
-Bien chicos y chicas, son pasada la una de la madrugada, y es hora de un par de lentos. Para enamorarse por última vez en la secundaria –dijo el muchacho con una sonrisa.
Pedro miró a Paula con una coqueta sonrisa, ella aceptó, era lo que habían esperado.
Comenzó a sonar la canción que bailan los protagonistas de la saga Crepúsculo en el baile de graduación de Bella, Flightless Bird. Pedro la tomó por la cintura, mientras la música a su alrededor los llenaba. Las luces bajaron. Ella posó sus brazos alrededor del cuello de Pedro, sin dejar de mirarse, y se balancearon suavemente al ritmo de la música. Pedro suspiró, mientras la apegaba más a su cuerpo. Paula sentía un enorme nudo en la garganta, por fin, todo parecía perfecto. Los ojos marrones de Pedro brillaban demostrando lo emocionado que estaba respecto al baile. Todo parecía más bello. Todo había cambiado desde que decidieron darse esa oportunidad. Ella sonreía mientras lo miraba con toda la ternura del mundo. Pedro la abrazó contra él, mientras le cantaba la canción al oído.
Have I found you
Flightless bird, jealous, weeping or lost you, american mouth
Big pill looming
Ella sintió un escalofrío recorrer su espalda, mientras cerraba los ojos. El abrazo de Pedro era protector, como si jamás quisiera dejarla ir. Ella le pertenecía, y nunca la dejaría ir. Se separaron y se miraron a los ojos otra vez, era una conexión, era mágico lo que sentían con solo mirarse. Pedro pasó su mano por la mejilla de la muchacha, con delicadeza, mientras ella cerraba los ojos. Le tomó la mano y ella dio una vuelta mientras bailaban, el volvió a tomarla por la cintura. No pudo evitar que las lágrimas cayeran por su rostro, aunque le arruinaran el perfecto maquillaje. Lo amaba, ¡dios como lo amaba!, sentir su mano sobre la de ella, mientras bailaban, era un sueño. Amaba cada parte de él, su personalidad, sus risas, sus llantos, absolutamente todo. Ella le tocó la frente con cuidado, pasando por su ojo ya más sano, por sus labios, esos que amaba besar. Se abrazaron, mientras bailaban. Él pasó su mano por sus brazos, hasta tomar otra vez sus manos. Ella pasó la mano por el cabello de Pedro, mientras lo acercaba a ella. Se miraron embobados, mientras se acercaban. Cerraron los ojos sintiendo la respiración del otro en sus labios. Sus labios hicieron presión. Ella lo apegó más a su cuerpo, mientras enredaba el cabello de Pedro en sus dedos. Movían sus bocas lentamente, realmente estaban en su propio mundo. Nadie, absolutamente nadie, importaba. Ella seguía llorando, de la emoción y del dolor que estaba escondiendo por Pedro. Trató de no pensar en ello, le dolía demasiado. Se aferró más a Pedro mientras se besaban con tanto amor, con tanta pasión. Se separaron un poco.
-Estoy tan enamorado de ti mi vida –le dijo Pedro.– eres la mujer más hermosa del mundo. No quiero dejarte ir, jamás. –él le limpió las lágrimas que corrían por sus mejillas.– no llores amor.
-Te amo Pedro Alfonso, te amo –lo besó otra vez, hasta que la canción se acabó.
Se besaron una vez más. Entonces la música cambió otra vez a algo más movido. Pedro la tomó de la mano y la llevó fuera del gimnasio. Las estrellas brillaban, la luna relucía más que nunca. Él se sentó en un escalón de una de las escaleras que daba a algunas oficinas, y la hizo sentarse sobre sus piernas. Le tomó las manos.
-Cantas hermoso Pedro, no sé como no cantas más seguido para mí –dijo ella mientras limpiaba sus mejillas.
-Me avergonzaba un poco –admitió Pedro mientras rodeaba la cintura de ella con las manos.– pero ahora hago todo lo que me pidas.
-Deja de ser tan perfecto, cariño –dijo ella apoyando su cabeza en el hombro de Pedro.
-No soy perfecto –dijo Pedro.
-Sí, lo eres, eres perfecto para mí –dijo ella abrazándose a él.
-Eso me gusta más –admitió Pedro.– te amo princesa.
-Te amo, Alfonso –dijo ella.
Se abrazaron, y al cabo de un rato, entraron otra vez a disfrutar con sus amigos.
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martes, 16 de abril de 2013
Capitulo 33
Los rayos del ardiente sol se colaban por la ventana de la habitación de Pedro. El ambiente era silencioso, solo las respiraciones de dos personas rompían el silencio. El muchacho comenzaba a despertar, abrió los ojos y luego los cerró sin poder acostumbrarse a la luz. Pestañeó varias veces y por fin pudo ver claramente. Una respiración tranquila, que no era la suya, lo distrajo. Entonces recordó la maravillosa noche que habían tenido. Sonrió satisfecho, le parecía realmente genial que las cosas fueran tan perfectas, era como sí alguien hubiese escuchado todos sus deseos y los estuviese haciendo realidad.
Por su parte, la muchacha había despertado casi al mismo tiempo, pero prefería quedarse descansando sobre el pecho de su novio, escuchando sus latidos y su respiración tranquila. Le había parecido que todo era perfecto cuando estaba con él, todo cambiaba, hasta ella. Se transformaba en una nueva Paula. Sonrió, al sentir los dedos de Pedro hacer círculos en su espalda desnuda. Suspiró largamente mientras buscaba la mano de su novio para tomarla. Solo hasta que entrelazó sus dedos con los de Pedro, el se percató de que ella había despertado.
-Buenos días princesa –susurró Pedro. Ella se incorporó y lo miró. Esos ojos marrones que tanto amaba, la miraban con ternura y cariño.
-Buenos días mi vida –susurró dándole un beso corto en los labios.
-¿Dormiste bien? –preguntó el mientras observaba cada una de sus facciones.
-Claro que sí, tuve la mejor noche de mi vida –dijo sonriendo.– y el mejor regalo de cumpleaños. –ambos se sonrieron y por un momento, el tiempo se paró. Pedro la abrazó mientras ambos reían. Lucían felices, completos.
-Me pondré la ropa para dormir, no quiero que tu madre se encuentre con ambos sin ropa aquí –dijo ella con una coqueta sonrisa.
Se levantó, algo tímida frente a la mirada de Pedro, que recorría su cuerpo. Ese maravilloso cuerpo que ahora era de él, y de nadie más. Sonrió por inercia. Ella se puso una remera de Pedro, que le llegaba hasta los muslos. Pedro sonrió, se veía extremadamente sensual así. Luego de eso, se puso su ropa interior y un short deportivo de la hermana de Pedro. Él mientras tanto se puso sus bóxers. Ella se lanzó sobre Pedro, sentada sobre él.
-Con que sigas ahí arriba, no respondo –ella lo miró confundida –estás jodidamente sensual y sentada justo ahí...
-¡Lo siento! –dijo ella sentándose más cerca de su estómago. Se sonrieron otra vez.
-Podría violarte ahora mismo, pero mamá aparecerá en cualquier momento para decir buenos días –ella sonrió mordiéndose el labio. Pedro pasó sus manos por los muslos de la muchacha, ella sintió escalofríos ante los toques de las suaves manos de Pedro.
-Creo que no opondría resistencia –dijo ella sensualmente. Pedro suspiró y se rio, entonces tocaron la puerta. Ella se bajo de Pedro y se sentó con las piernas cruzadas, mientras Pedro decía “pase”.
-¡Buenos días chicos! –dijo Ana animada.– ¿durmieron bien?
-Claro –dijo Pedro sonriendo, mientras disimuladamente le daba un pellizco a Paula, quien evitó sonreír.
-¡Que bien! –exclamó Ana.– el desayuno está listo, así que bajen, no importa que lleven pijama –dijo guiñándoles un ojos.
Ambos asintieron con una enorme sonrisa. Se tomaron de la mano y bajaron, allí estaba Ana y Robin charlando animados. Pedro le corrió la silla a Paula caballeroso, para que se sentara. Ella le sonrió. Tomaron desayuno, mientras hablaban de lo que harían.
-Ese tipo supo golpearte, al parecer tendré que darte clases de boxeo –dijo Robin divertido. Pedro rió En su rostro aparecían más claramente los indicios de la golpiza. Su ojo comenzaba a tomar un color morado oscuro, sus labios tenían dos cortes, y su frente lucía zonas rojizas e inflamadas.
-Amor, hoy deberé ponerte hielo otra vez –dijo mirándole la frente.
-Pasará, no te preocupes –dijo Pedro besándole la frente.
Terminaron de comer, Pedro se dio una rápida ducha y se vistió, para luego acompañar a Paula a su casa a cambiarse. Ella se duchó rápido y salió, ni siquiera vio a su madre, probablemente se olvidara de su cumpleaños. Pedro la llevó a tomar un helado primero, luego se juntaron con Zaira y Hernán quienes le cantaron el feliz cumpleaños en la calle, mientras sus mejillas mostraban un intenso color rojo. Luego de eso, fueron todos a la casa de Zaira porque ella había olvidado el regalo de Paula. Se rieron todo el camino por las bromas de Hernán, quien le juraba amor a Pedro y le tomaba la mano, avergonzándolo en la calle.
En casa de Zaira, estaban todos los chicos y sus novias, algo así como una reunión sorpresa. La felicitaron y le dieron regalos, ella se sentía plena y llena, prefería estar con sus amigos y disfrutar la velada, a pensar en su madre y en su estúpido novio, quien no le daba muy buena espina. Las razones eran esas miradas misteriosas que le lanzaba, como si la desnudara con la mirada, la ponían nerviosa y le daba miedo. No había querido comentarle a Pedro, no quería preocuparlo, pero realmente estaba un poco asustada.
-¿Te gusto la sorpresa cariño? –preguntó su novio cuando la acorraló contra la pared. Ella sonrió coqueta.
-Por supuesto mi amor –susurró ella sobre sus labios.– eres el mejor novio del mundo, te amo –se abrazaron con fuerza. En la mesa, Gustavo y Matías observaban la escena, miraban felices a su mejor amigo, quien se veía tan feliz.
-Le ha hecho genial esa chica –comentó Gustavo.
-Claro, Pepe está enamorado de ella, se nota mucho –dijo Matías. Karla, su novia, se acercó a él y lo rodeó con sus brazos, sentándose sobre sus piernas.
-No los miren tanto, metiches –dijo bromeando
.
-Solo charlábamos acerca de lo feliz que se ve Pedro. –comentó Gustavo.
-Ella lo ha cambiado, y eso que llevan poquísimo. –dijo sonriendo.
-A todo esto… ¿qué le sucedió a Pedro en la cara? –preguntó Matías arqueando una ceja.
-Tuvieron una pelea con Nicolás, lo golpeó duro –dijo Gustavo.
-Si lo encuentro por la calle, le romperé su bocota –musitó Matías frunciendo el ceño.
-Eres un rudo sensual –le susurró Karla al oído. El sonrió coqueto y atrapó los labios de la chica mientras ella ponía su mano en el pecho del muchacho.
-Angie amor, ven acá, estos me dan envidia –dijo Gustavo divertido. Angie se acercó a él y también se sentó en sus piernas y le dio un beso. Ella sonrió al igual que Gustavo.
-¿Dónde está el rubio? –preguntó Hernán mientras se acercaba de la mano con Zaira.
-No lo sé, quizás se encerró en una habitación con Jazmyn –dijo Matías. Todos rieron.
La tarde se fue volando, se divirtieron bastante, sobre todo Paula, quien sonreía completamente feliz. Alrededor de las ocho, se despidieron, mientras Pedro tomaba de la mano a su novia, y en la otra sostenía una bolsa con algunos regalos de sus nuevos amigos.
-¿La pasaste bien? –preguntó Pedro.
-Sí amor, fue genial –dijo ella con una enorme sonrisa.
-Que bien, me gusta verte feliz –dijo Pedro mientras la detenía en medio del lugar para darle un beso.
Siguieron caminando. Ambos sonreían, y el silencio no se hacía incómodo. Hasta ese momento, todo era perfecto.
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