miércoles, 8 de mayo de 2013
Capitulo 39
Despertó con un pequeño pitido de su reloj como estaba programado. Temía despertar a Pedro, así que lo apagó de golpe. Él solo se removió un poco y dio un suspiro, para volver a su tranquila y armónica respiración. Ella respiró aliviada, no tenía otra forma de hacerlo, le quedaba ser cobarde solamente. Muy cobarde. Se vistió rápidamente, y sacó un sobre de su bolso, solo decía Pedro. Estaba tratando de aguantar y no llorar, o lanzarse a los protectores brazos de su novio y llorar, pedirle que la secuestrara, lejos de ahí, o cualquier cosa, menos dejarlo.
Dejó el sobre, y miró a Pedro. Estaba con la manta hasta la cintura, dejando su pecho descubierto. Su cabello todo despeinado y sus labios estaban entreabiertos. Respiraba tranquilo, totalmente ajeno a lo que pasaba a su alrededor, viviendo sus sueños, sin tener absoluta conciencia de lo que descubriría en un par de horas. Ella se inclinó y besó la frente de Pedro, cerrando los ojos. Luego besó sus labios, el se movió pero no despertó. Entonces salió sigilosamente. Cerró la puerta de la casa de Pedro, la miró y las lágrimas no tardaron en salir. Corrió al garaje de su casa, lo abrió con cuidado, esperando el taxi que pronto llegaría para llevarla al aeropuerto. Todo estaba listo. Sacó su maleta, mientras miraba Londres con pena e impotencia.
El taxi llegó rápidamente, puso el equipaje en el maletero, y subió.
-Al aeropuerto, por favor.
Pedro despertó perezosamente, e inmediatamente estiró el brazo para asegurarse que su novia seguía allí. Pero no estaba. Abrió los ojos y pestañeó fuertemente. Suspiró, quizás tenía cosas que hacer.
Fue a ducharse, miró la hora y encontró obvio que Paula no estaría durmiendo hasta las dos de la tarde. Le dolía la cabeza, maldita resaca. El agua tibia lo relajó, fue a vestirse y a buscar alguna píldora para el maldito dolor de cabeza.
-Hola mamá –dijo besándole la mejilla a su madre.– ¿viste a Paula?
-Al parecer se fue temprano, no la vi –dijo Ana despreocupada.– está el almuerzo, flojo. Así que podrás tener tu dosis de almuerzayuno. –ambos rieron. Robin llegó con una sonrisa, mientras se sentaba a la mesa.
-Tienes un rostro de resaca que hasta un niño pequeño se percataría de cuanto tomaste –rieron.
-Se me pasó la mano, bailando, ya sabes –musito Pedro.
-Bebiendo diría yo, no culpes al baile –dijo su madre con una gentil sonrisa. Pedro se rió sacudiéndose el cabello con la mano.
-Fue el ambiente –dijo Pedro. Robin y Ana rieron, negando con la cabeza. Pedro les dio una sonrisa divertida. Ana puso los platos en la mesa, y comenzaron a comer. Entonces, sonó el teléfono de Pedro. Se disculpó un momento, y contestó.– ¿Hola?
-Pedro –Hernán sonaba serio, y su tono era seco.
-¿Qué pasa Nan? –preguntó mientras se metía un poco de puré en la boca.
-¿Dónde estás? –preguntó ahora con la voz más relajada.
-En mi casa… –dijo Pedro frunciendo el ceño. Algo no andaba bien.
-¿Estás con Paula? –preguntó.
-No, estoy con mi madre y con Robin almorzando Hernán, Paula se fue temprano creo, no la vi irse –dijo Pedro relajado.
-Yo… estaré en tu casa en veinte minutos –Hernán cortó el teléfono. Pedro frunció el ceño extrañado, mientras masticaba la comida. Ana y Robin estaban charlando sobre algún tema que no logró captar desde el principio, así que le quedó dando vueltas por la mente la extraña llamada de Hernán.
Terminó de almorzar y se excusó, subió a su habitación. Quizás debería llamar a Paula, pensó, podría ser que ella supiese que sucede con Hernán. Marcó el número, pero nadie le contestó. Suspiró y dejó el celular sobre su velador. Entonces un sobre cayó al suelo. Frunció el ceño, y perezosamente se agachó a recogerlo. Tomó el sobre entre sus dedos y lo volteó, decía su nombre, y la letra le parecía familiar. Lo abrió, muerto de curiosidad, aunque por otro lado le palpitaba fuerte el corazón. Presentía que era algo malo, no sabía por qué.
Suspiró al ver más claramente la letra. Era de ella, de Paula.
Querido Pedro:
Cuando termines de leer esto, estarás odiándome, pero antes de que me odies, quiero explicarte un poco acerca de esto…
Lo siento tanto Pedro, siento que vayas a tener que pasar un mal rato por mi culpa, no fue jamás mi intención hacerte daño, pero no podía más… fue lo mejor que se me ocurrió, mi mejor alternativa. Te amo, no sabes cuanto te amo y solo quería tu bienestar y que fueses feliz, pero conmigo no lo lograrías, ni siquiera podía estar en paz conmigo misma, eso solo te traería problemas a largo plazo, y solo quiero verte feliz…
Cuando leas esto, probablemente esté muy lejos de Londres. Escapé, necesitaba escapar de mi tortura, necesitaba huir, espero que me entiendas… quizás al principio no lo harás, pero sé que algún día te darás cuenta el porqué de mi decisión. Sé que ninguna de mis explicaciones jamás será suficiente para compensar el daño, pero te mereces algo mejor. Mereces una chica buena para ti, que no tenga ningún complejo, no alguien como yo. Lo siento mucho, siento haberme metido en tu vida solo para arruinarla… lo siento demasiado.
Por otra parte, no creas que estoy bien. Estoy destruida, totalmente mal… quisiera volver, abrazarte, besarte, y decirte que te amo cuantas veces quiera, pero no puedo… ¡si tan solo las cosas volvieran atrás! Me duele dejarte, me rompe el alma, estoy enamorada de ti, eras el amor de mi vida, cada momento contigo era perfecto, tú lo hacías perfecto. Siempre te ame, consciente o inconscientemente estuve enamorada de ti, de esa sonrisa tuya, de tus ojos marrones, de tu cursilería y tus repentinos ataques de inmadurez, de tu forma de reírte, de tu forma de besarme, de tus labios… de ti Pedro, te amo, te amo y no me canso de decirlo. Odio mi vida ahora, y aún no he estado mucho tiempo sin ti. Pero… pero es que solo un día sin ti me desespera. Quería pasar mi vida contigo, y ahora saber que tendré que pasarla sin ti, eso me tortura… y es mi culpa, no fui lo suficientemente valiente, pero no pude… quisiera volver atrás, y hacerte el hombre más feliz, tal como tú me hacías la mujer más feliz de este mundo.
Perdóname Pedro, solo eso… perdóname por haber sido cobarde, y perdóname por haberte arrastrado conmigo en mi sufrimiento.
Nunca te olvidaré, lo tengo más que claro. Pero quiero que seas feliz, habrá alguna chica que te ame y te haga feliz. Lo mereces, más que nadie.
Te ama con toda su vida, Paula.
En ese momento, Hernán quien corrió escaleras arriba, abrió la habitación de la puerta de Pedro, y ver una imagen de su mejor amigo, que tal como había pensado, era doloroso verlo.
Pedro estaba mirando hacia la nada, la carta arrugada entre sus dedos, como si la presión que ejercía sobre ella pudiera borrarla, pudiera hacer que ella volviese a él. Sus ojos estaban inundados en lágrimas, pero el no pronunciaba palabra o siquiera se movía. Hernán se acercó sigiloso a verlo.
-Pedro –musitó algo inseguro de la reacción de Pedro.– Pepe, hermano, di algo.
Pedro se levantó bruscamente, fue hasta su escritorio, lleno de libros y cuadros, y lo primero que hizo fue tirarlo bruscamente todo al suelo soltando un doloroso sollozo. Rompió algunas cosas más, pero Hernán evitó que se hiciera daño, agarrándolo fuerte. Pedro sollozó fuertemente, sin decir absolutamente nada.
Por la mente de Pedro no había mucho que recorrer, odio, odio y más odio. Dolor e impotencia. Se sintió poca cosa, sintió odio contra si mismo. Nunca, jamás había sentido algo semejante al dolor que sentía por la partida de Paula. Pasó un rato hasta que se relajó y solo sollozaba, abrazando sus rodillas, y con la cabeza entre ellas. Hernán permanecía quieto y sintiéndose impotente. Su mejor amigo lloraba como un pequeño niño, desconsolado y herido, y él no podía hacer absolutamente nada. Y ahora Pedro comenzaba a preguntarse ¿por qué?
Miles de respuestas, una tan absurda como la otra. Pero todas tan probables al mismo tiempo. ¿Habría dejado de quererlo? ¿Estaba con otro? ¿Él había hecho algo mal? Ninguna respuesta, nada. Ni siquiera un adiós, ni siquiera un “quiero cortar con esto”, nada, no había explicado nada.
Entonces, miró a su mejor amigo. Recordó la llamada. Hernán debía saber algo.
-¿Cómo…? –le preguntó con la voz entrecortada.– ¿cómo sabías?
-Zaira… –susurró Hernán mirándolo inseguro. Pedro herido podía actuar de cualquier forma.– Paula le dejó una carta.
-¿Por qué? –preguntó Pedro.
-No lo dejó claro, algo le sucedió Pedro, no creas que tiene que ver contigo –dijo Hernán preocupado.– ella… algo raro sucedió, pues según Zaira, ni siquiera su madre lo sabía. No tienen idea donde fue, pero probablemente fue a Estados Unidos. Con su padre. –dijo Hernán. Pedro intentó dejar de llorar, pero le era inevitable. ¿Estados Unidos? ¿Cómo podría encontrarla si ni siquiera sabía en que Estado vivía el padre de Paula?
-Quiero irme a la mierda –dijo Pedro, Hernán le dio un cariñoso y consolador abrazo de amigos. Pedro lloraba, destruido por dentro, como si lo hubiesen partido en mil trozos.
-Amigo… –dijo Hernán.– no hagas alguna estupidez ¿quieres? Intentaré averiguar algo más junto con Zaira, llamaré a los chicos para que vengan a hacerte compañía. –dijo el muchacho parándose rápidamente.
-Quiero estar solo Hernán… -dijo Pedro con tono apagado.
-Solo si prometes que no harás nada lo suficientemente estúpido. –dijo Hernán fulminándolo con la mirada.
-Lo prometo. –dijo Pedro sin mirarlo siquiera. Hernán asintió y salió, aún así llamó a los chicos para que lo estuviesen vigilando.
Pedro se tiró en la cama boca abajo sin siquiera moverse, respiraba con dificultad, entre la posición en que estaba y el llanto que le cortaba la respiración. ¿Cómo era que ella lo había dejado solo? ¿Acaso no había prometido la noche anterior que lo amaba con toda su vida? Si tanto le dolía dejarlo ¿por qué no solo le explicaba? Quizás hubiese podido ayudarla. Sí, el habría hecho lo que fuese por ayudarla. Sollozo contra la almohada durante largos minutos, sin siquiera moverse.
Abrió los ojos, le ardían y le escocía la piel bajo ellos. Las horas de llanto justificaban el dolor. Y aún no le cabía en la cabeza que se hubiese ido. ¿Cómo podría estar tan tranquilo sin ella? Dolía, le dolía el pecho, le dolía el corazón, le dolía el alma. Se sentó en la cama, miró la hora. Las ocho de la tarde. Había dormido durante las largas horas del día. ¿Y que más le quedaba ahora?
-Hijo… –la voz de su madre lo hizo levantar la mirada. Ver a su hijo destruido, le partía el alma. Ella entendía un poco el dolor relacionado al amor y las relaciones, y sabía que el amor era doloroso cuando las cosas no marchaban bien. Vio los ojos marrones de sus hijos, llenos de dolor, llenos de los vestigios de las lágrimas derramadas. Se sentó al lado de su hijo menor, y lo rodeó con sus brazos, ofreciéndole aquella protección y comprensión maternal que quizás Pedro necesitaba. Sin decir nada, se lanzó a llorar otra vez. Sabía que con su madre podía ser él, podía llorar como cuando era un niño y se hacía alguna herida. La abrazó con todas sus fuerzas, y Ana respondió al abrazo, diciéndole que estaba todo bien, que todo pasaría. Pedro terminó recostado en las piernas de su madre, mientras ella le acariciaba el cabello.
-Pepe… ¿quieres algo de comer? –preguntó la mujer mientras le acariciaba la mejilla a su hijo.
-No tengo hambre mamá –dijo el con la voz entrecortada.– quiero dormir, solo eso. –Pedro se levantó, se quitó la camiseta y los pantalones, su madre le besó la mejilla y se lanzó a su cama a dormir. Era lo único que le calmaba el dolor.
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