martes, 9 de abril de 2013

Capitulo 26


Al abrirse la puerta, el rostro de Pedro no se veía del todo bien. Su cabello estaba revuelto, más que de costumbre. Sus ojos marrones estaban hinchados y llorosos. Sus mejillas tomaron un color rojizo luego del llanto. Ella lo miró con dolor y ternura.
Pedro la dejó pasar y cerró la puerta con el seguro. Paula miró de reojo la puerta y un escalofrío recorrió su cuerpo. Se sentó en la cama, Pedro se puso de espaldas a ella. Aún no era capaz de mirarla a los ojos.


                -Solo quiero… ella estaba bastante nerviosa.– quiero saber sí es verdad lo que le dijiste a Nicolás hoy.

                -¿Qué cosa? ¿Qué quería romperle los huesos y que es un imbécil? Sí es cierto –dijo Pedro con dificultad.

                -Sabes de que estoy hablando Pedro –dijo ella con seriedad. Pedro tenía miedo a voltear, miedo a parecer débil, tenía mucho miedo. Detrás del Pedro popular, engreído y egocéntrico, se escondía un chico tímido, miedoso, con una autoestima fácil de quebrar. El volteó finalmente y la miró a los ojos. Esos ojos verdes de los que estaba perdidamente enamorado.

                -¿Quieres saber si realmente estoy enamorado de ti? –preguntó Pedro en un hilo de voz.

                -Sí. –contestó ella muy segura.


Pedro dio un suspiro. Quizás era hora. Quizás necesitaba decirle todo lo que sentía. Quizás era el tiempo y el momento correcto. Pedro se acercó peligrosamente a ella. Paula sintió como el corazón le bombeaba la sangre más rápido. Pedro era más alto que ella, por lo tanto se sentía aún más cohibida con él tan cerca. Pedro tomó una bocanada de aire, mientras ella se perdía en esos ojos marrones. La mano de Pedro buscó la mano de ella, Paula estaba extremadamente nerviosa, sus manos temblaban.


                -Si… dijo Pedro luego de un largo silencio.– yo… te amo –dijo. Cerró los ojos para esperar la respuesta negativa, pero decidió abrirlos al no escuchar palabra alguna. Ella no dejaba de mirarlo fijamente.

                -¿C…cómo estás tan seguro? –preguntó ella casi sin poder hablar.

                -Porque ya ha pasado demasiado tiempo sin poder sacarte de mi mente –dijo Pedro con suavidad. Ahora comenzaba la serie de preguntas.– haz todas las preguntas que necesites hacer –dijo Pedro amablemente.

                -¿Hace cuánto que…? –dejó la frase inconclusa

                -Tres años o más –contestó Pedro.

                -¿Por qué nunca me lo dijiste? –preguntó ella mientras se alejaba un poco de él.

                -Nunca tuve el valor para hacerlo –dijo Pedro mientras la miraba apoyarse en la pared. Ella lo miró con ternura.

                -¿Y por qué seguías acostándote con todas esas chicas? –dijo ella arqueando una ceja

                -Porque… el río de forma algo dolida.– porque era una forma de saber si podía sacarte de mi mente, de intentar querer a alguien que no fueras tú. De… de sacarte de mi mente aunque fuese un par de horas, pero me era imposible. Tú seguías ahí, tus ojos seguían mirándome con reproche. Algunas veces lo hice intentando… sacarte celos ¿sabes? –ella lo miró sorprendida– pero ¡nunca mostraste un pelo de celosa! –dijo con amargura– a veces me iba con ellas solo para no encerrarme en mi habitación a llorar como un tonto.

                -¿E-enserio? –preguntó ella con la voz entrecortada. Pedro se acercó otra vez a ella, la puso extremadamente nerviosa. Pedro apoyó ambas manos a cada costado de la pared, dejándola totalmente acorralada.

                -Claro que sí –dijo Pedro.– no sabes como odiaba verte con Nicolás cada maldito día, poniéndole más atención a él. Me había robado toda tu atención, aquella que yo tenía día a día de ti, tus cuidados, tus risas, todo, absolutamente todo. Tenía ganas de golpearlo cada día, pero no lo hacía para que no te enojaras conmigo.

                -¿Por eso me invitaste al baile? –preguntó ella mientras sentía su corazón palpitarle desbocado. Podía ver la profundidad de los ojos marrones de Pedro, como si pudiese leer su mente. Sabía que él estaba siendo totalmente sincero. Ese era el Pedro que ella sería capaz de ver como algo más que un amigo, ese era el Pedro oculto que siempre quiso conocer.

                -Pensaba decírtelo ese día, pero esas estúpidas lo arruinaron –musitó Pedro– la fiesta del viernes… fui solo porque sabía que estarías tú –ella lo miró con mucha dulzura. Pedro hablaba aún temeroso.– verte en la cama del hospital me hacía añicos el pecho, y cuando los chicos me afirmaron para no golpear a Nicolás… me picaban las manos por romperle la nariz.

                -No sé…. No sé que decirte –dijo ella al cabo de un largo rato de silencio, en que la mirada de ella iba desde el suelo a los ojos de él. Pedro estaba muy asustado, si ella no respondía bien, se acababa todo. La amistad estaba en el limbo. Se miraron durante un largo rato. ¿Amistad o amor? La amistad no tiene límites, el amor puede terminar.

                -Quiero saber si tengo una oportunidad –dijo Pedro con firmeza.– si la respuesta es no, te dejo en paz, te lo juro –ella lo miró con los ojos brillosos.– si es sí… te prometo hacerte la chica más feliz de todo el mundo, toda la vida.

                -¿Toda la vida? –preguntó ella. Pedro asintió sonriendo.–¿crees poder soportarme? –ambos rieron.

                -¿Es un sí? –preguntó Pedro ilusionado.


Ella no dijo nada. Pedro se acercó más a ella. Sus cuerpos no tenían ningún centímetro de distancia, sus latidos se confundían entre ellos. Ella por fin veía con claridad, como si le hubieran sacado una venda de los ojos. Como si hubiese visto una luz que estuvo oculta durante mucho tiempo. Pedro era un buen chico, era alguien maravilloso. Quizás podían intentarlo. Era necesario darse una oportunidad, solo así sabrían si funcionaba. Los labios del chico temblaban mientras su mano torpe e insegura se acercaba al rostro de la chica. Le acarició la mejilla mientras la miraba, era como si no estuviese ocurriendo.


                 -Quiero que me beses como el día en que estaba borracha, pero esta vez, quiero que ambos recordemos claramente lo que pasó –dijo ella con una alentadora sonrisa. Pedro rio nervioso. 


Su mirada fue a los labios de la chica, esos labios irresistibles. Acercó lenta e inseguramente su rostro al de ella. Cuando sus respiraciones chocaban en los labios del otro, ambos cerraron los ojos. Sus labios se presionaron durante largos segundos, nada más. Luego se separaron un poco, mientras se miraban. Pedro le sonrió, y esta vez le dio otro beso, pero ahora se abrió camino en su boca, metiendo su lengua lentamente. Movió los labios de forma suave y lenta, no quería apurarse, para él, este momento era digno de hacerlo durar y disfrutarlo. Estaba por fin besándola, sin alcohol, sin obligaciones, ambos querían hacerlo. Ella pensaba que Pedro besaba bien, pero ahora que lo estaba viviendo ¡dios, besaba como nadie! Casi les faltaba el aire, pero la necesidad de seguir besándose fue más. Se separaron, y juntaron sus frentes.


                 -Es una  buena idea que nos demos una oportunidad –dijo ella con una sonrisa.

                 -Gracias –dijo el aún nervioso.– te prometo que te haré feliz, tú me conoces, eres la única que realmente me conoce en mi lado más cursi. Ese soy yo Paula, tu mejor amigo, el que te ha protegido y te ha amado, no dejaré de serlo, pero esta vez, tú sabrás que te amo y que puedo hacerte la chica más feliz del mundo.

                 -¿No más chicas huecas o profesoras? –preguntó ella arqueando una ceja.

                 -No, solo te quiero a ti mi amor –le dijo él con una sonrisa. Se besaron otra vez, esta vez, más apasionado. Ella rodeo el cuello de Pedro con sus brazos, mientras el la apegaba a su cuerpo tomándola por la cintura.

                 -Es extraño, pero me gusta –confesó ella.– es como amigos con derechos –ambos rieron.– nunca creí que esto pasaría.

                 -Yo menos, aún creo que eres mucha mujer para tan poco hombre –dijo el.

                 -No digas eso, te amo –le dijo ella. Los ojos de Pedro brillaron, la abrazó con fuerza, esta vez, no pensaba dejarla escapar.



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Lean el siguiente.

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