sábado, 13 de abril de 2013
Capitulo 29
La sangre era demasiada mientras resbalaba por sus piernas. Cerró los ojos sintiendo el fuerte dolor en sus muslos, casi congelándole el cuerpo. Pero al menos, el dolor emocional no estaba presente, solo sentía el dolor de los cortes sangrantes.
Luego de un rato de dolor físico, tomó una toalla y la partió con fuerza en dos trozos, se hizo un torniquete en cada pierna, para detener la sangre. Ardía y dolía, pero al menos la mantenía fuera del mundo real. Luego de unos minutos, paró de sangrar, solamente se veían las heridas abiertas. Fue al botiquín y se vendó los muslos. Casi no podía caminar, pero ya casi no le interesaba.
Al cabo de dos horas, su celular comenzó a sonar mientras ella seguía llorando abrazada a su almohada. La pantalla anunciaba que Pedro la estaba llamando.
-¿Hola? –dijo Pedro algo inseguro.
-Hola –dijo ella intentando sonar normal.
-¿Te desperté? –preguntó Pedro.
-No, recién me alistaba para dormir, no te preocupes –dijo ella intentando sonar natural, pero su voz delataba que algo sucedía.
-¿Pasa algo preciosa? –preguntó Pedro con cautela.
-No Pepe, no pasa nada –susurró ella.
-Me estás mintiendo, amor –le dijo Pedro con dulzura.– ¿necesitas que vaya a tu casa?
-¡No! –ella se alteró. Pedro notó de inmediato que algo sucedía, pues ella no solía reaccionar así.
-Como tú quieras –dijo luego de un rato.– bueno, te dejo, iré a dormir. –dijo el finalmente resignado.– te amo mi vida –susurró con dulzura.
-Yo… también –dijo ella y cortó de inmediato. Cerró los ojos mientras nuevamente las lágrimas resbalaban por su rostro. Luego de un rato, se quedó dormida abrazando la húmeda almohada que había almacenado sus lágrimas.
Pedro quedó completamente preocupado. Algo le sucedía a su Paula y no creía que fuera nada que tuviese que ver con sueño o cansancio. Más bien creía que si su intuición no fallaba, todo tenía que ver con la ausencia de su madre en el momento de su graduación, estaba casi seguro que era eso. En este momento le tomó mucho rato relajarse y no partir corriendo a ver a su chica, la amaba, y la protegería por sobre todo. Suspiró, mejor esperaría a mañana para no preocupar a su madre. Pero de todas formas, descubriría lo que le pasaba a su hermosa Paula.
A la mañana siguiente Paula despertó con dolor de cabeza. El llanto hasta elevadas horas de la madrugada, probablemente. Se movió un poco y sintió un agudo dolor en las piernas. Recordó que debía ordenar el desastre que había en su habitación, las toallas llenas de sangre y las manchas en el piso. En una bolsa plástica, metió los algodones, vendas y toallas, y luego limpió el piso. Botó todo eso, y subió a su habitación. Quería tomar una ducha, pero el agua caliente le haría doler demasiado las heridas. Suspiró, no había otra opción.
Luego de la tortuosa ducha, se puso su ropa interior y miró sus cajones decidiendo que ponerse. Se puso una remera mientras buscaba el short que quería ponerse, el cual no era demasiado ajustado y era largo, no dejaría ver sus heridas. Ni siquiera se percató que alguien abrió la puerta.
Pedro decidió ir a visitar a Paula, así que luego de una ducha y desayunar con su madre, se encaminó a verla. Tocó el timbre, le abrió la madre de Paula. Suspiró con fuerza para evitar decirle algo, no le correspondía.
-Buenos días –dijo con una fingida sonrisa.– ¿está Paula?
-Buenos días en su habitación –dijo ella con una sonrisa.– sube.
-Gracias –dijo él.
Subió las escaleras y sin tocar, abrió la puerta. No estaba arrepentido de haberlo hecho, más bien disfrutó la vista, pero se sintió mal en violar su privacidad. Ella se paseaba solamente con una remera, mientras que dejaba ver su ropa interior naranja. Sonrió un poco nervioso, tenía una linda cola y unas hermosas piernas. Pero se fijó en que estaban vendadas ¿Qué le habría sucedido? Se percató que ella encontró lo que buscaba, y se disponía a cerrar el cajón, así que cerró rápidamente y golpeó la puerta como si nada. Pero ella se había dado cuenta.
-Pedro, sé que estás ahí –dijo ella con frialdad.
-¡No vi nada! –mintió él.
-Mentiroso, entra –musitó Paula. Estaba preocupada más de que sus heridas fueran descubiertas de que la haya visto en ropa interior.
-Hola mi princesa –dijo Pedro con ternura y una sonrisa de disculpa, se acercó y juntaron sus labios. Ella sintió un poco más de ánimo al sentir esos labios sobre los de ella. Pedro la tomó por la cintura y la apegó a su cuerpo. Ella rodeó el cuello del muchacho con sus brazos. Intensificaron el beso, jugando con sus lenguas, mientras las manos de Pedro pasaban por debajo de la remera de Paula, acariciando con la punta de sus dedos la espalda de ella. Aunque esa caricia le pareció totalmente inocente, ella sintió un montón de sensaciones nuevas, más aún porque necesitaba olvidar su pena, necesitaba algo por lo que sentirse bien, así que creyó que sería una buena decisión demostrarle a Pedro que ella deseaba estar con él, quería sentirse protegida. Las manos de Paula se metieron bajo la camisa de Pedro, hacia su duro y bien cuidado abdomen, donde sus dedos hacían caricias que comenzaron a hacer que el cuerpo de Pedro reaccionara. Casi les faltaba el aire, así que se separaron un poco, tiempo que ella aprovechó para empujarlo un poco y provocar que ambos cayeran sobre la cama, ella encima de él. Pedro la miró algo confundido cuando ella se separó de él y fue a cerrar la puerta de la habitación.– ¿amor pasa algo?
-Te amo –musitó ella sentándose justo sobre su entrepierna. Pedro soltó un gemido. Ella aprovechó el descuido para besarlo con mucha pasión, se detuvo para quitarse rápidamente su remera. Pedro la miró, aún con el corpiño puesto, podía casi sentir lo que era tocar sus pechos. Ella lo besó otra vez casi con violencia, mientras Pedro se separó para sacarse la remera. Ella casi rasguñó el pecho de Pedro, el gimió mientras atrapaba la boca de la muchacha otra vez. Ella tomó las manos de Pedro, mientras lo miraba a los ojos, y las puso sobre sus senos, mientras gemía. Pedro no se demoró y desabrochó su corpiño. Cuando por primera vez vio los pechos de la muchacha, se maravilló. No cabía en su mente que hubiese una chica más hermosa que ella, todo en ella era perfecto. Sus temblorosas manos pasaron por la suave y delicada piel de sus pechos, ella soltó un gemido. Paula se agachó a besarlo otra vez, pero Pedro quería ser el que dominara, con un hábil movimiento, la hizo quedar bajo él. Ella lo atrajo para volver a besarlo mientras las manos por primera vez inseguras de Pedro, tocaban cada parte de su cuerpo. Ella mientras lo besaba, bajó el cierre y desabotonó el pantalón del muchacho. Luego de un momento, Pedro solo llevaba sus bóxers puestos. Estaban embobados el uno con el otro, que ella ni siquiera recordó sus cortes. Mientras Pedro comenzaba a bajar su short, ella gimió, pero no precisamente por la excitación, más bien, el dolor le había provocado gemir. Pedro cuando bajó su short, vio las vendas.
-¿Qué pasó allí? –dijo agitado indicándole sus muslos.
-Me caí –mintió ella.– bésame.
-¿Estás segura? –dijo Pedro desconfiado. Pasó suavemente el dedo sobre la venda, ella se sobresaltó y gimió.
-No hagas eso –musitó. Pedro miró con detenimiento y se percató de otra cosa. Sus manos fueron hasta lo alto de sus muslos, movió un poco las vendas, ella le quitó las manos. Pedro insistió y pudo ver las cicatrices que se expandían.
-¿Qué son esas cicatrices? –preguntó con seriedad.
-Nada –mintió. El se alejó de ella.
-Dímelo –dijo Pedro.
-Nada Pedro –dijo ella.– cicatrices de pequeña. –Pedro se paró y se apoyó en la pared, mirándola molesto. Sabía que significaban esas cicatrices, lo notó desde el momento en que ella mintió respecto a las vendas. Pedro se puso sus pantalones rápidamente.
-¡No me mientas! –se alteró y se molestó bastante.– ¿por qué? ¿Desde cuándo lo haces? –ella no dijo nada mientras lágrimas caían por su rostro. Pedro esperaba una respuesta.– ¡Paula, dímelo! –dijo casi gritando. Ella sollozó aún más mientras se cubría su torso desnudo con su remera. Se puso el corpiño rápidamente para ponerse la remera.
-Pedro no me grites –pidió ella con la voz temblorosa.
-Entonces no me mientas –contestó él. Se tomó la cabeza entre ambas manos.– Muéstrame –dijo firmemente.
-Pedro no creo que… –comenzó a decir, pero el la interrumpió.
-Ahora –exigió Pedro.
Ella sin dejar de llorar, sacó una a una sus vendas. Pedro esperaba dándole la espalda, la furia y el dolor le invadían el cuerpo ¿cómo nunca se dio cuenta de lo que Paula se hacía? Sentía que le fallaba en cuanto a protegerla. ¿Cómo se le pasó ese detalle? Ni siquiera cuando tuvieron el encuentro estando borrachos se fijó. Se sentía un imbécil.
Él volteó y una punzada le dio en el corazón al notar los cortes notoriamente recientes, más los montones de cicatrices. Se acercó a ella, de forma lenta y con la mirada fría. Los cortes eran profundos, no podía creerlo.
-¿Por qué mierda lo hiciste? –preguntó con rabia. Sus ojos se llenaron de lágrimas.– ¿querías intentar suicidarte o algo por el estilo? Nunca debí dejarte venir sola a casa, sabía que algo no andaba bien –parecía que hablaba consigo mismo, pero a ella a veces la miraba de forma fría. Lloraba desconsolada, mientras aún los cortes en sus piernas estaban al descubierto.– ¿te desinfectaste eso? –ella negó.– Debes hacerlo.
-Pedro no te comportes así… –pidió ella.– me hace sentir peor.
-¿Tú crees que yo me siento bien con esto? –preguntó el con rabia.– viendo que la chica que amo se hace daño, es como si me hicieras daño a mi también, Paula. Imagínate si te hubieras cortado más, y te pasa algo… yo… no sé que haría si te pasa algo ¿no entiendes que te amo? –Pedro no pudo contener más las lágrimas que comenzaron a salir rápidamente de sus ojos.
-Perdóname –pidió ella.
-No me pidas perdón a mí, debes perdonarte a ti misma primero. –dijo él con frialdad mientras se abrochaba el cinturón otra vez.– te veo luego –dijo con frialdad. Salió de la habitación, dejándola allí, llorando mientras volvía a vendarse las piernas y terminaba de vestirse. Pedro realmente estaba enfadado, solo cuando estaba muy herido lloraba de esa manera, como con ira mezclada a sus lágrimas.
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Lean el siguiente.
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